Están sentados
mientras el mundo gira y el bus no pasa. Los engranajes encajan perfectamente y
todo sale según lo imprevisto. Uno, dos, tres segundos y contando. No se miran,
saben lo que sucede pero fingen ignorarlo. La verdad es certera y aburrida,
mejor cobijarse en lo imposible.
Y hablando de cosas que no pasan, podría ella
arrebatarle un beso, mientras el bus no pasa. Podría él enfrentarse a sus
latidos y atacar de frente. Pero aquí en Nunca Jamás, nunca pasa nada, ni
siquiera el bus. Y dos niños perdidos que se encuentran al mirarse bajo la
escalera, no pueden adivinar que hay gente que camina sobre su techo. Ni que los imposibles están para desmentirlos.
Ni
siquiera mirándose a los ojos leerán qué ronda sus cabezas, y eso que es cualquier
cosa menos el bus; pues el bus, como el
tiempo, no pasa para llevarlos a ninguna parte.
Y ‘me tengo que
ir, son las 8’ ‘¿En qué parte del mundo?’’No sé, aquí arriba.’ ‘Pues cambia de
meridiano y quédate’
Y se quedan, para
esperar a las 8 de algún sitio en el que haya autobuses de vuelta a casa. O para
estar ahí arriba en la ciudad de las cosas que nunca pasan. Juntos.